¿Quién decide?
Una responsabilidad ineludible
Hay una palabra que usamos sin pensar, decenas de veces al día, convencidos de saber lo que significa: decidir. Decido qué comer, decido quedarme, decido perdonar. Pero ¿qué hacemos exactamente cuando decidimos? ¿De verdad lo sabemos?
No voy a discutirlo: decides. Es un hecho. Sin embargo, me gustaría que me acompañes en una reflexión más fina sobre eso que llamamos decidir.
Un automóvil de conducción autónoma hace algo parecido. Acelera, gira, frena ante el rojo, computa la ruta. A cada segundo resuelve situaciones, emulando a un conductor de carne y hueso. Podríamos decir que está decidiendo. Pero ¿es de verdad lo mismo que haces tú cuando decides? Entre una cosa y la otra se abre una brecha. Y en eso que las separa se juega lo que pretendo desarrollar en este ensayo.
Ese vehículo no se distrae, no se enoja, no llega cansado del trabajo. Calcula la distancia de frenado y actúa en una fracción del tiempo que tú necesitarías. En su terreno, lo hace de un modo que ningún humano iguala. Y no es el único: hay sistemas que diagnostican enfermedades, que aprueban o niegan créditos, que dictan condenas, que te sugieren qué leer y un amplio etcétera.
Yuval Noah Harari, en Nexus, lo plantea sin rodeos: la IA es “la primera tecnología de la historia que puede tomar decisiones y generar nuevas ideas por sí misma”. Y va más lejos, marcando la frontera con todo lo anterior: “los cuchillos y las bombas no deciden por sí mismos a quién matar”, mientras que la IA sí puede procesar información por su cuenta y sustituirnos en la toma de decisiones. Su conclusión es tan breve como inquietante: “La IA no es una herramienta, es un agente”.
Si le damos la razón a Harari, estas máquinas tomarían decisiones, y no cualquier decisión; toman decisiones que afectan vidas reales. Pero entonces, ¿qué hacer cuando algo sale mal? Cuando el sistema niega un crédito sin motivo aparente. Cuando descarta tu currículum antes de que un humano lo lea, y nunca sabes por qué no te llamaron. Cuando te sugiere a la pareja con quien terminas compartiendo la vida, y la relación termina siendo una virtual pesadilla. Preguntas por qué, y no hay respuesta. No porque alguien la esconda, sino porque, literalmente, nadie la tiene. Ni la máquina, que no conoce el proceso por el cual llegó, paso a paso, a lo que hizo. Ni sus creadores, que dejaron de entender su propia creación.
Hay algo aquí que es más inquietante de lo que parece. Una decisión sin nadie que la sostenga. Un acto sin autor. La máquina eligió, sí, pero no había allí nadie para quien esa elección significara algo. Ganó o perdió exactamente lo mismo: nada.
Volvamos un momento sobre el vehículo que conduce solo. Cuando se frena de golpe para no atropellar a un niño que cruzó sin mirar, la máquina y tú parecen hacer lo mismo: ambos detectan el obstáculo y accionan el freno. Pero hay una diferencia que no se ve en la maniobra y lo cambia todo. A ti te tiemblan las manos veinte minutos después. Algo en ti registró que ahí se jugaba algo. El vehículo ejecutó su cálculo y actuó igual que siempre, ante el mismo estímulo, porque para él no había nada en juego. Nunca lo hay.
Quizás entonces eso que llamamos decidir sea otra cosa de la que creíamos. Harari tiene razón: la máquina procesa, ejecuta, resuelve. Pero hay un escalón más en esta reflexión. Quizás decidir, de verdad, no sea solo elegir entre opciones —eso la máquina lo hace, y rápido—. Quizás decidir sea el acto que está presente cuando el resultado le pesa a quien lo toma. Cuando hay un cuerpo, el tuyo, que va a cargar con lo que elijas.
Ahora bien, demos un paso más y profundicemos en este proceso decisional. Eso que en ti decide —eso que se juega algo, que carga con lo que elige— ¿lo ves decidir? Cuando tomas una decisión, ¿asistes al momento en que se toma? ¿O te llega ya tomada, y solo entonces la reconoces como tuya?
Hagamos una prueba. Piensa en algo que elegiste hoy. Cualquier cosa: un plato, una ruta, una canción a escuchar. Ya lo tienes. Ahora pregúntate por qué elegiste eso y no otra cosa.
Una respuesta aparecerá. Aparece siempre, casi de inmediato, con seguridad. “Porque tenía ganas de comer eso”, “porque era el camino más corto o más bonito”, “porque me pareció lo correcto”. Detengámonos ahí un segundo, y miremos esa respuesta con cuidado. ¿Es la razón por la que de verdad elegiste? ¿O es una explicación que tu mente acaba de armar, ahora, para tener algo que contestarte?
No es fácil distinguirlo. A veces ni siquiera es posible. Porque tu mente construye explicaciones, y no siempre accedes a las verdaderas, si acaso existen. Lo hace bien, lo hace rápido, lo hace todo el tiempo —con lo que comes y con la persona que te gusta, con lo trivial y con lo que decide el rumbo de tu vida—. No es un defecto. Es uno de los mecanismos más eficientes que tenemos: nos permite seguir adelante, responder al mundo sin quedarnos paralizados, sobrevivir. El problema no es la calidad de su funcionamiento. El problema es que funciona tan bien, y tan en silencio, que casi nunca lo notamos.
Pero atención, no estás del todo ciego ante ti mismo: algo de tus razones alcanzas a ver. Sin embargo, el proceso completo no se te revelará. Accedes a lo que te mueve mucho menos de lo que crees. Y no importa cuán racional te consideres —ni el más lúcido escapa a este mecanismo. No es una falla de los distraídos: es el modo en que opera lo humano. Puedes aprender a reconocerlo, con atención, con honestidad, con el hábito de mirarte más de una vez antes de quedarte con la primera explicación disponible. Ese mecanismo no se va a detener. El desafío es otro: sabiendo que actúa desde las sombras, puedas al menos tomar los debidos resguardos.
Hay una distinción relevante: una cosa es controlar y otra, muy distinta, gobernar. Una simple máquina se controla. Pisas el freno y el vehículo se detiene: exacto, inmediato, sin discusión. Si no lo hace, es una falla, algo que reparar; obedece o está descompuesta.
En contraste, pensemos por ejemplo en un caballo. Aquí la situación es otra. Al caballo no lo controlas: lo gobiernas. Puedes pedirle que frene, invitarlo a avanzar, conducir su marcha, y casi siempre responderá. Pero si un día, por lo que sea, mientras galopan a toda velocidad no responde a tu llamado para frenar, más vale que te afirmes fuerte, o terminarás en el suelo de seguro. No está descompuesto: es un ser vivo, y a los seres vivos no se los maneja con un simple pedal.
Contigo ocurre algo parecido. Eso que decide en ti no es una máquina que obedece a una orden. Es algo vivo, con su ímpetu y sus reacciones, que no siempre responden como quisieras. Por eso pretender controlarte —someter cada impulso, como quien pisa un pedal— no tiene ningún sentido. La clave es otra: aprender a gobernarte mejor.
Y sin embargo, por mucho que se te escapen variables —y se te escaparán, muchas ni las verás—, sigue habiendo alguien que toma las riendas. Alguien que, en medio de todo eso que no controla, conduce lo mejor que puede. Ese alguien eres tú. Y que sea así no es un detalle menor: cambia por completo de quién es la responsabilidad. Tú eres quien debe hacerse cargo.
Hacerse cargo. Dicho así, quizás suene a peso. A una mochila más que llevar, a una cuenta que alguien deja sobre tu mesa. Pero es justo al revés. Esa responsabilidad no es lo que te pesa: es lo que te constituye. Piénsalo desde el otro lado: una máquina no responde por nada de lo que hace. Ejecuta, arroja un resultado, sigue igual, y si el resultado fue desastroso, no hay nadie ahí a quien le importe. Si falla, la apagamos, la ajustamos o la reemplazamos por otra igual, y nadie la echa de menos.
Contigo no funciona así. Lo que te toca responder no lo puede responder nadie en tu lugar. Nadie puede hacerse cargo de tu vida por ti —ni de lo que hiciste, ni de lo que dejaste pasar, ni de lo que viene—. Puedes pedir ayuda, apoyarte, compartir el camino, pero el lugar desde donde respondes es tuyo y de nadie más. Eres, en eso, irremplazable. Y no por ser único o distinto a los demás.
Eres irremplazable porque hay aquí un alguien —no un algo— para quien su propia vida pesa desde adentro. Y eso no se reemplaza sin que se pierda un mundo entero.
Ahí está el giro. Eso mismo que parecía una carga —tener que responder, no poder delegarlo— es exactamente lo que te dignifica, lo que te vuelve un ser humano valioso y no un simple mecanismo. No respondes porque seas perfecto, ni porque controles cada variable —ya vimos que no—. Respondes porque eres tú quien está ahí, con el cuerpo y la vida en juego, gobernando lo mejor que puede una existencia que solo tú puedes vivir.
Hacerse cargo a veces duele o da miedo, y en tales circunstancias preferiríamos que la cuenta la pagara otro. Y conviene no confundirse: no se trata de cargar con la responsabilidad de todo lo que te ocurrió. Muchas cosas no las elegiste y no dependieron de ti. Hacerse cargo no es mirar hacia atrás para repartir culpas; es mirar hacia adelante, para decidir en consciencia lo que harás con lo que tienes entre manos. Y eso, no lo debiera decidir nadie por ti.
Ya lo sabes, vienes cabalgando desde hace tiempo. Nunca tuviste el control absoluto de la marcha —nadie lo tiene—, pero las riendas siempre estuvieron en tus manos. La pregunta no es si puedes o no bajarte de tu fiel caballo, porque nadie puede hacerlo. La pregunta es qué clase de jinete vas a ser.
La próxima vez que decidas algo —cualquier cosa— y aparezca esa explicación tan segura de sí misma, quizás dudes y ya no le creas del todo. Y esa duda, cuando es sabia, lo cambia todo.