Nadie afina una sola vez. Un instrumento se mueve con el tiempo y la temperatura, y volver a afinarlo no es cambiar de nota al azar: es buscar el tono justo. Con las ideas pasa lo mismo. Aquí no vas a encontrar una simple confesión de errores o una lista de creencias u opiniones que cambian según el día. Vas a encontrar un saber en movimiento —cosas que sostuve, que seguí mirando, que fui ajustando hacia algo más cierto para mí—. No es dudar de todo, aunque lo parezca; es tomarse en serio lo que uno piensa, tanto como para volver a mirarlo. Porque nuestras acciones muchas veces parten de esos pensamientos. Si a ti te ocurre lo mismo con alguna de estas ideas, entonces te invito a que, a partir de estas reflexiones, afinemos nuestros propios instrumentos.
Elige un concepto y se despliega aquí.
Durante años creí —en especial en mi juventud— que el amor era algo que simplemente ocurría. Una cosa nebulosa y mágica: tú me gustas, parece que yo también te gusto, hay match, y adelante. No distinguía nada más. El amor era un estado que te caía encima, como el clima. Y esa creencia, que suena inofensiva, esconde una trampa: si el amor te pasa, entonces nunca es algo que tú haces.
Hoy sé que hay dos cosas, no una. Está el enamorarse —eso sí te ocurre, no lo eliges, se siente en todo el cuerpo—. Y está el amar, que es un verbo: un acto, una capacidad que se ejerce. No son etapas, y ojo con esto, porque es donde casi todos se equivocan: nadie pasa “naturalmente” de una a la otra dejando correr el tiempo. Son mundos distintos. Puede haber enamoramiento sin una gota de amor, y amor donde el enamoramiento no fue su precedente. El amar no se hereda de la atracción; se practica, o no.
¿Y qué es amar, para mí, en concreto? Una sola cosa, y más difícil de lo que suena: tratar al otro como un fin, no como un medio. A las cosas se las usa; a las personas se las ama. Instrumentalizar una relación —el “qué me das, qué te doy”— es tratar al otro como a un chicle: dulce al principio, insípido con el tiempo y, por eso, termina en la basura. Amar es lo contrario: no es cuánto me sirve el otro, sino que me importe por sí mismo. Se ama a la persona por “quién es”, no necesariamente por “cómo es”. Y que no se confunda: si bien amar no exige nada a cambio, tampoco implica anularse o aguantar cualquier cosa. Recibir, se recibe, y no poco; lo que no se hace es amar para recibir.
Nadie enseña esta distinción, y no es nada intuitiva. Reconocerla nos vuelve un poco más inteligentes sobre una sola cosa —el amor, quizá la más poderosa de las fuerzas humanas—. Afina tu propio instrumento: ¿esperas que el amor te ocurra, o estás dispuesto a desarrollar la capacidad de amar?
Durante años prediqué, casi con esas palabras, el “si quieres, puedes”. Y no en privado: se lo enseñé a mis alumnos de emprendimiento, desde el pizarrón y con toda convicción. ¿Culpa? Toda. Creía que la voluntad era remo y viento a la vez: bastaba querer lo suficiente, y el éxito venía detrás.
No era falso. Era incompleto, que es más difícil de ver. A la ecuación le faltaba una variable que ninguna arenga cubre: el azar. No la suerte como un aura que se carga, sino los factores que no controlas y que pesan, y no poco. Querer no mueve el mundo entero: mueve tu parte. Es lo que hoy se disfraza de “decretar”: deséalo de verdad y el universo obedece. Ojalá fuese así de simple.
Y ojo, que reconocer el impacto del azar en ningún caso implica bajar los brazos y soltar el resultado; es lo contrario. Precisamente porque el resultado te importa conviene mirar de frente lo que no depende de ti: para prepararte mejor, y para no quebrarte cuando el querer no alcance. Porque el “si quieres, puedes” esconde una trampa cruel —si no pudiste, es que no quisiste—, y así se culpa al que perdió una partida que nunca dependió solo de él. La fórmula honesta es más sobria: haz todo lo que depende de ti, y prepárate para aquello que no.
Pero cuidado con el otro extremo: el “total, todo es suerte, ¿para qué remar?”. Eso es fatalismo —estoicismo mal entendido—: el estoico no padece de brazos cruzados; hace lo que depende de él. Remar no te garantiza puerto; pero no remar sí garantiza que no llegarás. Afina tu instrumento: ¿le estás pidiendo al querer más de lo que el querer puede dar?