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Ensayo · Amor

Amar

Un acto extraordinario

Luis Salvador González Córdova Agosto 2026 30 min de lectura

Amamos el café recién hecho. Amamos una serie, una marca de zapatillas, los días de lluvia. Amo a mi equipo, ama él su auto, amas tú ese restorán al que vuelves cada mes. La palabra amor trabaja sin descanso: le sirve al helado y le sirve al hijo, a la patria y a la pizza, al perro y al esposo. Pocas palabras del idioma cargan tanto, tan seguido y con tan poca vigilancia.

Y uno podría encogerse de hombros. Así hablamos las personas, y las palabras tienen muchas acepciones. Cierto. Pero cuando una palabra abraza todo, deja de distinguir. Y lo que no se distingue, tarde o temprano, deja de verse. Si casi todo es amor, nada lo es.

C. S. Lewis, que pensó este asunto en profundidad, abrió su libro Los cuatro amores con una distinción entre dos tipos de amor: el amor-necesidad y el amor-dádiva, que podríamos resumir en términos simples como el que ama desde la falta y el que ama desde la entrega. Para él, ambos son legítimos amores.

Yo voy a ser más estricto. Reservaré la palabra amor para uno solo. ¿Y cuál es ese amor que merece el nombre en exclusiva? Puedo adelantar un rasgo clave: no es algo que se siente, es algo que se hace. No actúa como sustantivo, actúa como verbo. No llega solo, no cae encima, no atrapa, no es un simple impulso o necesidad. Ya lo escribí en mi ensayo El Autogobierno: “el amor verdadero empieza precisamente donde termina la pasividad: es un acto consciente, una elección que se renueva”. Es aquello que, en palabras de Lewis, se llamaría amor-dádiva.

A todo lo demás que hoy llamamos amor no pienso negarle ni la existencia ni el valor. Existe e importa. Solo sostengo que no alcanza para recibir ese rótulo.

El amor del que hablo no tiene apellido. No es el amor romántico, ni el paternal, ni el filial, ni el de los amigos. Es uno solo, y cambia de escenario, no de naturaleza. Por eso la primera escena no necesita una pareja. Basta un padre y un hijo.

El hijo tiene veinte años y lo dice en la cocina, como quien comenta el clima: “papá, estoy ahorrando para comprarme una moto”. Al padre se le hiela la sangre. Él no anda en moto, precisamente porque sabe el riesgo que implica. En un segundo le pasan por delante las curvas cerradas, el pavimento resbaladizo, el camión que no vio. Todo en él quiere decir lo obvio: es muy peligroso, no estoy de acuerdo, me opongo terminantemente. La frase está lista, cargada de razones. Pero antes de abrir la boca, algo lo frena. El padre se repite por dentro, tres veces, como afirmándose de un pasamanos: es su vida... es su vida... es su vida.

El padre le muestra los riesgos uno por uno, sin ablandarlos. Pero no son sus riesgos, son los que tomará su hijo. En algún momento de la conversación el padre se ve en la peor de las escenas: una habitación de hospital. Y descubre lo que más temería escuchar ahí. No es el diagnóstico del médico. Es un “papá, no pensé que esto podía pasar”. Si esa escena llegara, desearía otra frase: “papá, este era el riesgo, y lo asumí”. Quiere un hijo dueño de sus decisiones, incluso de las que salgan mal.

Un acto de amor fue lo que ese padre hizo con el terror que sintió. Se tragó el impulso de gobernarle la vida al hijo y pagó, de su propio bolsillo, el precio de respetársela. Con una oposición podría haber comprado su tranquilidad. No lo hizo. Prefirió que el hijo conservara la propiedad de su vida. No la que el padre habría querido para él, ni la que el propio padre no alcanzó a vivir. La suya.

Ese padre estaba parado en un lugar muy preciso frente a la existencia de su hijo. Ese lugar se llama respeto. Y este respeto no es complemento del amor ni su antesala. Es donde se asienta. El respeto del que hablo es reconocer que el otro existe de verdad. Humberto Maturana, biólogo chileno, lo formuló así: amar es aceptar al otro como un legítimo otro en la convivencia. O, dicho con otra imagen, el otro no es solo un personaje secundario de tu novela; es, al mismo tiempo, el protagonista de la suya. Eso fue lo que aquel padre no perdió de vista en la cocina. Su terror le gritaba que el hijo era un capítulo importante de su historia... el capítulo que no podía terminar mal. Y él recordó, a tiempo, que su hijo estaba escribiendo, a la vez, otra novela, una personal e intransferible. Por eso no le quitó el lápiz con el que estaba redactando su propia vida.

Cuando estamos parados desde el amor, el otro vale por lo que es, no por lo que sirve. No hace falta que sea atractivo, ni brillante, ni útil, ni siquiera agradable: basta con que exista. Su valor no depende de la nota que le pongamos a sus atributos, y por eso ningún cambio en ellos toca nuestro respeto.

Es fácil ver el amor donde ya hay un estrecho vínculo afectivo, como el que tenemos con nuestros hijos. Sin embargo, ese lugar se puede sostener también frente a un desconocido. Imaginemos a un hombre que llega a la caja del supermercado, saluda a la cajera y le pregunta: “¿cómo ha estado?”. Nada más. Pero espera la respuesta, y ella lo nota de inmediato, quizás por algo en la mirada o en el tono que distingue a ese hombre del que le hace la misma pregunta pero la atraviesa con la vista mientras revisa su teléfono. La diferencia es que para el primero hay ahí una persona, una más, atendiendo una caja... tan valiosa como él mismo.

¿Ama igual ese hombre a la cajera que a su hijo? En principio, sí, aunque nuestro sentido común nos diga lo contrario. Lo que cambia, y cambia radicalmente, es el vínculo. Toda relación tiene dos capas. La base es la posición desde donde te acercas al otro, y es una sola, la misma ante el hijo, la pareja o la desconocida de la caja del supermercado. El vínculo, único e irrepetible en cada caso, es lo que se construye sobre esa base: el rol, la historia, los compromisos, la vida compartida, el apego. Desde afuera solo se ve el vínculo; la base casi no deja huella visible. Por eso la escena con la cajera parece apenas amabilidad. Y aun así su base es el amor. Ese amor que no lleva apellido. Los apellidos son de los vínculos, no de la base.

Vayamos a otra escena: dos amigos vuelven caminando del gimnasio. Uno le pregunta al otro: “¿me acompañarías a la farmacia, que tengo que comprar unos remedios, o te da lata?”. Y el otro responde: “te acompaño, no me da lata, porque tú para mí eres un fin en sí mismo”. La respuesta suena a libro y no a diálogo de calle. Pero la daremos por cierta.

Ese diálogo tiene dos partes que podemos revisar. Primero la pregunta: ese “o te da lata” del final es una salida de emergencia ofrecida por adelantado. El que pide está acostumbrado, como casi todos lo estamos, a que los favores se concedan a regañadientes, y negocia su pedido a la baja antes de que se lo cobren. Y algo de razón trae, porque buena parte del mundo funciona así. Ahora bien, si el amigo que pide el favor existiera solo para hacerle grata la vida al otro —para las bromas, los asados, la conversación entretenida—, la ida a la farmacia atentaría contra su función. Le estaría pidiendo algo que no figura en el contrato tácito de esa “amistad”. La lata, el desagrado, nace exactamente ahí. Es la protesta del que ve a su instrumento pedirle algo fuera del libreto. Y su salida habitual no sería la franqueza, sería la mentira piadosa, “sorry amigo, justo ando apurado, otro día será”, que mantiene al instrumento en servicio sin pagar el precio de decir la verdad.

Escuchada desde el respeto, en cambio, la misma pregunta suena distinto. Ya no se oye una amenaza contra el buen panorama de la tarde. Se oye a un amigo diciendo “tengo un problema y me gustaría tu compañía para resolverlo”. Y casi enseguida aparece otro pensamiento: si yo estuviera en su lugar, también querría esa compañía. Entonces acompañarlo importa. No como favor que se registra en alguna libreta. Importa de verdad, como importan las cosas propias.

Que importe no lo vuelve gratis. Puede que la farmacia quede, literalmente, en la punta del cerro. El acompañante mirará la subida y dirá, sonriendo: “uf amigo, venimos del gimnasio y parece que seguiremos haciendo ejercicio. Terminaremos muertos... pero vamos”. Las piernas van a protestar. El cansancio llega solo, no pide permiso y no desmiente nada. La pereza, el fastidio, la lata ante la petición del amigo son otro asunto. Son sentimientos que no caen como la lluvia; los gatilla un pensamiento —¿y qué tengo que ver yo con remedios ajenos?—, y donde ese pensamiento nunca corre, el fastidio tampoco llega. Esfuerzo, todo el de subir el cerro; sacrificio, ninguno; lata, ni un poco. Por eso, si el amigo le hubiera preguntado por qué lo quiso acompañar, habría recibido una respuesta todavía más rara que la primera: casi que no lo hago por ti, lo hago por mí.

Alguien, interpretando esa frase al pasar, podría decir: “ves, al final todo es egoísmo... hasta el amor se hace solo por uno mismo”. No. La diferencia es de dirección. El egoísta atrae al otro hacia sus propios apetitos. Lo usa. El que ama se ensanchó. Hizo lugar en su voluntad para los fines del otro, y por eso servirlos no le cuesta contra sí mismo. Los fines del amigo tienen ciudadanía en su querer. El egoísta encoge el mundo a su tamaño; el que ama se agranda al tamaño de lo que le importa. Usan el mismo pronombre “mí”, pero para viajar en direcciones opuestas.

En toda esa operación trabajó la empatía. Ponerse en el lugar del otro, leer lo que siente y necesita. Ubiquémosla con precisión, porque se la confunde con el amor mismo, y no lo es. La empatía es el órgano con que el amor lee al otro. Sin ella, la base sería ciega. Sabría que el otro importa, sin saber qué le pasa. Pero puede haber empatía sin amor. El buen vendedor también se pone en tu lugar, pero para venderte. El seductor la maneja con maestría. Y lo que decide si leer al otro es cuidado o es cálculo no está en la empatía, sino en la base desde donde se usa.

Pero cuidado. De la caminata a la farmacia podría quedar una impresión equivocada: que amar es no negarse nunca. Hay que salirle al paso, porque de esa impresión vive un personaje que suele pasar por la encarnación misma del amor. Me refiero al complaciente, al buena gente que siempre está disponible para el que lo necesite, al que no sabe decir que no. En cambio, la entrega que nace de reconocer al otro como un legítimo otro apunta a su bien, no necesariamente a satisfacer todos sus pedidos. Un pedido puede incluso atentar contra ese mismo bien. Y hay algo más: el que ama también es una persona que vale. La misma vara que le hace ver en el otro a alguien digno de respeto, lo incluye a él. Su entrega es incondicional en la fuente; no es ilimitada en los recursos.

Visto de lejos, el complaciente parece la cumbre del amor. Visto de cerca, podría no serlo, si cada una de sus renuncias está comprando algo. Una imagen de buena persona, quedar en paz consigo mismo, el derecho a ser querido, la tranquilidad de sentirse necesitado, o simplemente el alivio de su propia angustia por el sufrimiento ajeno. No estaría solo entregando. Estaría al mismo tiempo transando. Su generosidad sería una vitrina más del mismo comercio de favores que acabamos de ver. Y hay una prueba sencilla de que la complacencia no puede ser la vara del amor: si amar se midiera obedeciendo los pedidos del otro, el que más ama sería el más fácil de extorsionar.

El que ama, en cambio, puede decir que no. Podrá decir “en estos momentos no puedo o no quiero”, sin que la base del amor se mueva un milímetro. El otro sigue valiendo lo mismo, su problema sigue importando, y la respuesta salió del mismo lugar del que otro día saldrá un sí. A veces el no es incluso la entrega mayor. Dar todo lo que piden puede ser la manera más amable de robarle a alguien su problema. Y con el problema, la ocasión de resolverlo.

El amor no sabe de cuentas. No las emite, no las acepta ni lleva cuenta alguna. No las emite, porque lo que se dio desde ahí se pagó a sí mismo en el acto de darse. No las acepta, porque declararle amor a alguien no endeuda a nadie, ni al que lo dice ni al que lo escucha. Y no las lleva, porque el rol de llevar las cuentas le corresponde a otro personaje presente en cada uno de nosotros.

Ese otro personaje es nuestro Ego, el guardián interior que trabaja defendiendo nuestra imagen y cobrando nuestras heridas. Él anota cada entrega no devuelta y, cuando el saldo se pone demasiado rojo, pasa la cuenta. Esa molestia sorda que aparece cuando el dar y el recibir llevan demasiado tiempo desequilibrados es exactamente el informe que él emite. Y no hay que despreciarlo, porque no miente. Un saldo muy rojo dice algo verdadero. No sobre el amor, que no estaba llevando cuentas, sino sobre el vínculo, que se está cargando hacia un solo lado. Leer ese informe es sensato. Qué hacer con él lo decide el que ama: ajustar el trato, renegociar, incluso soltar la mano. Puede hacerlo sin traicionar nada. Los libros contables nunca fueron del amor. La reciprocidad importa, y no poco; su terreno es la calidad del vínculo. Al amor no lo toca.

Existe también quien vive de los complacientes: el que solo extrae. Pide y recibe, pide y recibe, y nunca le toca dar. La empatía del que lo quiere juega a su favor. Quien todo lo comprende, todo lo disculpa... siempre. Frente a alguien así, negar algo no es falta de amor. Es recordar que la vara mide a los dos. Nada de esto condena la bondad, venga de donde venga. En el complaciente, la capacidad de darse es real y valiosa; lo que puede tener capturado es su libertad de negarse. Y esa libertad se recupera en cualquier momento.

Queda una última cuenta, la única que el amor no puede esquivar: la que se paga en dolor.

Hablemos del precio. Amar es quedar expuesto. Lo que te importa puede dolerte, y mucho, precisamente porque te importa. Pero el dolor no es un castigo del amor ni su moneda de pago. El dolor viene incluido en el acto de vivir. El que no ama a nadie también vive duelos, también enferma, también pierde. Amar no asegura ningún dolor nuevo. Solo sube la apuesta. Más cosas importan, más fichas sobre la mesa, más expuesto el jugador. Y no hablo de sufrimiento, hablo de dolor. El sufrimiento es ese dolor que ya dolió una vez y que alguien sigue reimprimiendo. La vida cobra el dolor una sola vez. Las reediciones corren por cuenta del cliente.

Frente a ese precio hay tres posturas, y dos ya las vimos. El que subió el cerro en busca de los remedios del amigo pagó entero y sonriendo. Esfuerzo todo, sacrificio ninguno. El complaciente pagaba con una mano y cobraba con la otra. Cada renuncia suya compraba algo. Por eso sus cuentas no cerraban nunca. Queda el tercero, quizás el más comprensible de todos: el que mira el precio y decide no pagar. No encariñarse, no comprometerse, no darle el corazón a nadie. Es la única estrategia que garantiza que nada te duela. Y funciona. Lo importante es saber a cambio de qué.

C. S. Lewis, en su libro ya citado al comienzo, miró a ese tercero de frente y le escribió un párrafo elocuente por su honestidad: “No hay inversión segura. Amar, de cualquier manera, es ser vulnerable. Basta con que amemos algo para que nuestro corazón, con seguridad, se retuerza y, posiblemente, se rompa. Si uno quiere estar seguro de mantenerlo intacto, no debe dar su corazón a nadie, ni siquiera a un animal. Hay que rodearlo cuidadosamente de caprichos y de pequeños lujos; evitar todo compromiso; guardarlo a buen recaudo bajo llave en el cofre o en el ataúd de nuestro egoísmo. Pero en ese cofre —seguro, oscuro, inmóvil, sin aire— cambiará, no se romperá, se volverá irrompible, impenetrable, irredimible. La alternativa de la tragedia, o al menos del riesgo de la tragedia, es la condenación. El único sitio, aparte del Cielo, donde se puede estar perfectamente a salvo de todos los peligros y perturbaciones del amor es el Infierno”.

La estrategia del cofre funciona, sí. Estarás libre del dolor. Pero el corazón guardado no se conserva, se transforma. No pagar el precio de amar también se paga. En otra moneda, a plazo, y con intereses. Porque en ese cofre blindado, las cosas que no se sienten, por lo mismo, también pierden todo sentido.

Volvamos por un momento a la caja del supermercado. El día que la cajera ya no esté —un traslado, una enfermedad, una desgracia—, el hombre que la valoraba va a sentir la noticia, porque algo suyo estaba invertido ahí. El otro, el que la atravesaba con la vista, no va a perder nada ahí, porque simplemente no había nada que perder. Ese es el cofre en su versión de todos los días. No exige avaros del corazón; basta con no invertirse en nadie. A salvo de todos los dolores, las cosas van importando cada vez menos, y un mundo donde nada importa no se siente como los infiernos ardientes de los frescos más célebres. Se siente gris. Y eso es peor, porque no arde, porque no se nota, pero te hunde.

El precio, entonces, es real, y no existe el seguro. Pero la única pregunta que vale es qué se lleva el que paga. Porque lo que compra tiene un valor más grande que lo que cuesta.

Un padre, en una cocina, se traga el terror y deja que su hijo siga escribiendo su propia vida. Otro sube un cerro por los remedios de su amigo, cansado, pero disfrutando la compañía. Y un tercero le pregunta a una cajera cómo ha estado, y espera la respuesta. Nunca dije que fueran la misma persona, pero podrían serlo, nada lo impide. Júntalas, mira esas tres escenas como días de una sola vida. Nadie diría que es una vida blindada. Tiene terror en la cocina, piernas muertas en la cuesta y, el día menos pensado, una noticia triste en el supermercado. Y sin embargo, algo la recorre entera.

Eso que atraviesa cada escena —ese vivir entre cosas que importan, ese mundo habitado donde hasta subir un cerro cansado tiene sentido— es a lo que llamo felicidad. No un estado de ánimo, que va y viene como el tiempo atmosférico. No la euforia de una fiesta. Ni siquiera la alegría, siempre pasajera. La felicidad es esa forma de estar, sentida desde adentro: la sensación serena, sin fuegos artificiales, de tener el gobierno de tu propia vida. El gobierno, no el control; el timón de tu barco, no la tormenta que atraviesas. El viaje traerá siempre de dulce y de agraz, y casi nada de lo que de verdad importa en nuestro entorno se controla. Pero el timón es tuyo, y ninguna tormenta debe quitártelo.

Eso que llamo felicidad no nace con nosotros. Brota. Y lo hace el día en que la conquista del propio gobierno se reconoce, y desde entonces no es una visita, se queda a vivir con nosotros. Es un descubrimiento sin vuelta atrás. La práctica tendrá sus tropiezos, pero lo aprendido así no se desaprende. Por eso amar y ser feliz andan siempre juntos sin que ninguno sea el premio del otro. El amor es esa forma de estar y de mirar, a nosotros mismos y al mundo; la felicidad es la misma forma, sentida por el que la vive. No hay receta que lleve del uno a la otra, porque no hay distancia que recorrer entre ambos.

Quiero advertir el error de interpretación que alguien, en medio de un duelo, podría estar haciendo: me duele, luego no soy feliz, luego quizás no amé. El error está en el primer eslabón. Dolor e infelicidad no son lo mismo. Duele tanto precisamente por lo mucho que importaba. El duelo no desmiente el amor, es su prueba. Y esto lo diré en primera persona, porque no hay otra forma honesta de decirlo. Si me tocara presenciar la muerte de uno de mis hijos, me desgarraría de dolor; y aun en ese momento, el más oscuro de todos, seguiría siendo un hombre feliz... con los ojos empapados en lágrimas. Hace tiempo que dejé de confundir la alegría con la felicidad. El duelo arrasa con la alegría entera, y con razón. Lo que no puede tocar es el gobierno. El que ama puede quedar destrozado; perdido, no. Su dolor sabe de dónde viene y qué honra. La felicidad de la que hablo es eso: inmunidad al sinsentido, nunca exención del dolor.

Si la felicidad brota de la propia forma de estar y no llega de regalo, entonces nadie puede ser la felicidad de nadie, ni hacer feliz a otro. Por eso, en rigor, no existen las parejas felices. Existen dos personas felices haciendo vida en pareja. Dos mundos densos que se eligieron, no dos mitades que se completan. Y ese “se eligieron” tiene una consecuencia: lo que se elige, se puede dejar de elegir.

Cuando dos personas se eligen, con anillos o sin ellos, se ofrecen una mano. Y el que ama desde la base que vengo describiendo podría comprometerse así, en silencio y consigo mismo: no soltaré tu mano el día que te equivoques, ni cuando se nos cruce una tormenta; la soltaré, sin resentimientos, cuando me pidas que lo haga porque ya no quieres estar junto a mí, o cuando yo decida que es lo correcto. La mano se afirma en el error y en la tormenta, para eso estaba. El desgaste y la dificultad no bastan para soltarla. Se suelta cuando el otro lo pide, o cuando el que sostiene deja de elegir. En los dos casos, por respeto a una autonomía. Porque esa mano nunca fue propiedad de nadie. Las dos manos estaban prestadas, cada día de nuevo, y cada día que seguían ahí eran un regalo renovado, no un derecho adquirido. Se podía desear que se quedaran juntas para siempre. Exigirlo, jamás.

¿Y qué es, entonces, dejar de amar? La pregunta asusta menos cuando se recuerda qué era amar: una elección consciente. Dejar de amar es dejar de renovar esa elección. Es cesar, en ese vínculo, el ejercicio de una capacidad que tanto costó construir. La capacidad no se pierde. Quien deja de bailar con alguien no olvida bailar. Y la decisión de no renovar es tan legítima como lo fue la primera. Nadie está obligado a seguir eligiendo, y el que se va ejerce el mismo derecho que un día ejerció al quedarse.

¿Qué queda en la mano abierta? No el vacío que se teme. El que se fue no cae al abismo del odio, vuelve a la base. Vuelve a ser una persona más, tan valiosa como uno mismo. Con toda la historia encima, pero con el mismo estatuto que la desconocida de la caja del supermercado. Se le puede desear el bien, y desearlo de verdad, desde lejos. Y no hay cuentas que saldar: lo que nació del amor nunca dejó deuda. La mano quedó vacía, no estafada.

Las manos, además, no se sueltan solo entre parejas ni siempre en una fecha clara. Hay amistades que se van soltando de a poco, sin agravio y sin culpables, hasta quedar en un saludo de cumpleaños que todavía se desea sincero. Hay hijos que arman su vida en otra ciudad y llaman cada vez menos. En todos esos finales, completos o a medias, opera lo mismo: el ejercicio se achica o se apaga; la base no se mueve. Querer bien a alguien que ya casi no se ve es una de las formas más calladas y más limpias del amor.

Y está la mano que se ofreció y nunca fue tomada. El que amó sin respuesta no tiene un amor fallido ni un amor a medias. Tiene un amor completo al que no le nació vínculo. Nada que cobrar, nada de qué avergonzarse. Lo que faltó no fue amor: fue encuentro.

Así termina el amor cuando es amor verdadero. Queda explicar otros finales, cuando las cosas no son lo que parecen.

Hay finales que no se parecen en nada a la mano abierta. Amores que amanecen convertidos en una guerra sin cuartel; parejas que se quisieron por años y hoy no pueden compartir una mesa; despedidas que terminaron en un expediente judicial. El refrán tiene su veredicto listo: del amor al odio hay un solo paso. Sostengo lo contrario: del amor al odio no hay paso alguno, porque no existe el puente. Lo que existe es otra cosa, y te invito a mirarla de frente.

El odio de esas despedidas no es amor transformado. Es la otra cara de una moneda en la que el amor nunca estuvo presente. Es un pseudoamor, y su moneda, la simple necesidad. Si estás conmigo, te amo; si te vas, te odio. El que habla así no describe un giro misterioso del corazón, describe un suministro cortado. El otro nunca fue un fin, fue proveedor o mero instrumento. De compañía, de imagen, de calma, de un sentido que no se tenía sin él o sin ella. Mientras entregaba, recibía el nombre de amado; cuando dejó de entregar, pasó a ser deudor. Una noche cualquiera nada se transformó: algo se reveló. El vínculo mostró, por fin, el metal del que estaba hecho.

Distinto es lo que le pasa al que amó y fue dejado, o engañado. A ese también le llega todo junto y sin anestesia: rabia, pena, la herida en el orgullo. Le toca bajar a los infiernos para combatir a sus propios demonios. La rabia es una visita, y también entra en las casas donde se amó sin cálculo. La diferencia está en lo que viene después. En el que amó, prevalece el amor. La rabia pasa, la mano se suelta, y el otro conserva su estatuto. Se le puede desear el bien incluso con la herida fresca. En el otro, la rabia encuentra dónde quedarse. Se instala, se reedita cada noche —esas reediciones que corren por cuenta del cliente— y con el tiempo recibe su nombre propio: odio. La rabia es del duelo. El odio es de la deuda.

Por eso esas despedidas suenan a cobranza: todo lo que hice por ti, todo lo que sacrifiqué, todo lo que aguanté. La lista es real: hizo, sacrificó, aguantó. Lo que nunca fue real es que fuera gratis. Cada partida llevaba su cobro anotado, y el otro jamás firmó esa deuda. El odio, mirado de cerca, es la gestión de cobranza de un contrato que el deudor nunca conoció.

Cómo termina una historia dice la verdad de lo que fue. El amor termina en mano abierta, dolida a veces, vacía quizás, pero abierta. La necesidad termina en incendio, cobrando. Y queda entonces una pregunta que ya no apunta a una persona en particular, sino a todos nosotros: por qué el mundo, la cultura, insiste en llamarle amor al incendio.

La primera parte de la respuesta está en el aire, sonando. El incendio es lo que nos enseñaron a cantar. Y lo hemos cantado a todo pulmón, con los ojos cerrados, o manejando de noche. Y es natural que esas canciones nos conmuevan. Pero una cosa es cantarlas, y otra es vivir en carne propia lo que cuentan. Sus letras dicen: “vuelve, que sin ti la vida se me va”, “me cansé de rogarle… yo sin ella de pena muero”, “ódiame por piedad yo te lo pido”. Puestas una al lado de la otra, esas letras no describen a alguien amando, describen a alguien que no sabe vivir sin el otro. Todas muestran la misma necesidad de la que ya hablamos, esta vez cantada con tanta belleza que ya nadie escucha lo que ellas confiesan entre líneas.

La pregunta tiene además genealogía, y alguien la rastreó hasta la cuna. Denis de Rougemont, un ensayista suizo, dedicó un libro entero, El Amor y Occidente, a mostrar que nuestra idea del amor no nació con la especie, sino con un mito, el de Tristán e Isolda, y de ahí bajó, siglo tras siglo, hasta la radio. Su hallazgo incomoda. Tristán e Isolda no se aman. Aman estar enamorados. Necesitan el obstáculo para seguir ardiendo, y cuando el obstáculo falta, lo fabrican. Una noche en que duermen juntos en el bosque, sin nadie que los persiga, ponen entre los dos una espada desnuda. La pasión no quiere llegar, quiere arder. Y como arder duele, el mito dejó instalada su ecuación más venenosa: si duele así, debe ser amor.

De ese mito viene parte del sesgo de lo que el arte escribe sobre el amor. Rougemont lo resumió en una idea provocadora: “el amor feliz no tiene historia”. La pasión contrariada inspira novelas, óperas, boleros y series; el amor que cumple no teje ninguna trama. Muy pocos le escriben poemas y canciones a la mano abierta que contiene. ¿Qué contaría? ¿La historia de dos personas eligiéndose otra vez un martes cualquiera? La desdicha tiene argumento. La dicha no. Lo saben los editores, lo saben los guionistas, lo sabía Dante —su Infierno es una obra maestra; su Paraíso apenas se visita— y lo sabía Tolstoi al abrir su Ana Karenina: las familias felices se parecen todas, y cada familia infeliz lo es a su manera. De lo que se parece no se escriben novelas.

El otro gran mito es la fábula de la media naranja: en alguna parte del mundo existe tu mitad, y la vida consiste en encontrarla. La historia es antigua. Ya la contaba Platón, en boca de Aristófanes: seres redondos partidos en dos por los dioses, condenados a buscar por el mundo la mitad perdida. Como fábula es encantadora. Como doctrina es veneno del bueno. Porque declara, sin decirlo, que el que está solo está incompleto. Y que así no se puede vivir. Por lo mismo, solo le queda mantener su vida en suspenso hasta que otro llegue a completarlo, a tapar su falta, a poner la parte que necesita.

Un vínculo cuyo oficio es suplir una falta ya lo examinamos, y no se llamaba amor, se llamaba necesidad. El que busca su media naranja no busca a alguien, busca lo que le falta. Y al que le toca el papel de mitad no le dieron un lugar. Le dieron un empleo. Y vale repetirlo: no existen las parejas felices; existen dos personas felices haciendo vida en pareja. Dos enteros que se eligen. Nadie es la mitad de nadie.

Nada de esto niega que el “mercado” de la atracción exista. Es tan viejo como la especie. La belleza y la gracia cotizan, el ingenio y el estatus compiten; hay ofertas, demandas y vitrinas. Hoy hasta con catálogo en el teléfono. Ese juego tiene reglas y motivaciones propias, y se pasa bien jugándolo. Lo único que puedo decir de ese mercado es que el amor no cotiza en él. Lo que ahí se transa son atributos, el cómo —lindo, entretenido, exitoso, interesante, profundo—, y el amor ama el quién. Los atributos suben y bajan como toda mercancía. La belleza pasa, el ingenio se gasta, el estatus se pierde en una mala tarde. Por eso el mercado hace lo que puede, y no es poco: acercar, presentar, encender. Puede juntar a dos personas. Lo que no puede es amarlas por ellas. La atracción trae al otro hasta la puerta. Amarlo es lo que pasa —o no— cuando la puerta se abre y se decide entrar.

Tampoco niego la importancia de la compatibilidad entre personas: los gustos que calzan, los ritmos que se acomodan, la conversación que fluye. Y hay una que pesa más que todas, el desarrollo personal de cada uno. Pero lo que importa no es la altura, sino la distancia. Dos personas con poco desarrollo suelen andar muy bien —hablan el mismo idioma—, y dos que llegaron lejos en ese plano, también. Lo que se hace cuesta arriba es la vida de a dos cuando el desnivel es evidente. Uno ve cosas que el otro todavía no alcanza a ver. La compatibilidad no fabrica amor. Hace más liviano el vínculo, que no es poco, pero es otra cosa.

Si el amor no es el incendio, ni la mitad que nos faltaba, ni el premio del mercado, entonces no se encuentra en una hoguera, en otra mitad o en una vitrina. No se encuentra, porque no estaba perdido. Se construye desde quien lo encarna.

¿Cómo se construye? La pregunta pide un manual, y no lo hay. Lo que hay es todo lo que ya vimos. No eran escenas sueltas: eran los materiales de la construcción. La base que reconoce en el otro a un legítimo otro. La entrega que nace del reconocimiento y no lleva cuentas. El precio asumido sin seguro. La mano que se presta cada día de nuevo. Lo que se construye es la capacidad de amar, y depende solo de quien ama. A diferencia del vínculo, que depende de dos.

Digámoslo honestamente: el amor así entendido escasea. La primera causa es el precio. Cuesta construirlo, como cuesta todo lo importante. Nadie nace amando, nadie está excluido de aprender, y pocos pagan lo que cuesta. Hasta aquí, la escasez no tiene misterio. Es el precio.

La segunda causa es menos evidente y más corregible: a la mayoría nadie se lo ha presentado así. Esta manera de entender el amor no es intuitiva. Lo intuitivo es aquello hacia donde empuja la cultura —el incendio, la media naranja, la vitrina—, y en un tiempo en que lo desechable es la norma, el empujón es aún más fuerte. El que nunca vio el amor presentado como lo hago aquí, no es incapaz de amar. Está mal informado. Corregir eso es lo que intenté en estas páginas. Y como todo ensayo, es eso, una propuesta. Lo que cada uno haga con esto —dudarlo, discutirlo, negarlo o vivirlo— es todo suyo.

Para el que decida construir, una advertencia y una noticia. La advertencia: el camino es cuesta arriba y corre contra la corriente. La valentía que exige no es la de la hoguera, sino la de lo predecible, la de sostener una mano que no falla, en un mundo entrenado para aplaudir el incendio y la incertidumbre. Vista desde el mito, esa vida —la del amor— no teje ninguna trama. Vivida desde adentro, no le hace falta. La historia que el amor feliz no tiene escrita la escriben, sin público y sin orquesta, dos personas eligiéndose otra vez un martes cualquiera. La noticia: las otras canciones también existen, aunque sean pocas. “Con tu amor siento calma... con tu amor siento ganas”. Ahí está, cantado, lo que el mito tiende a negar: calma y ganas, sin incendio y sin incertidumbre. El que ama no renunció al deseo, renunció al vértigo.

Para ser justos, que el amor de pareja no se quede con la última palabra. Este camino nunca fue solo suyo. Lo camina el padre que respeta la autonomía de su hijo. Lo camina quien hace suyo el problema de un amigo. Lo camina el que valora la existencia de todos con quienes se cruza. Como ya señalé, el amor del que hablamos no tiene apellido. Le basta un legítimo otro enfrente. La pareja es solo su escenario más cantado, no el único.

Y entre todos esos amores no hay rivalidad ni desgaste posibles, porque el amor no sale de un saco que se vacía. No es una cantidad a repartir. Ya lo dijimos, es una capacidad. Por eso puede ser, a la vez, escaso en el mundo y abundante en quien lo construyó. Al hijo no se le ama con lo que le sobró a la pareja, ni al amigo con el resto de ambos. Cada legítimo otro recibe el suyo entero. Se reparten las horas, los compromisos, la energía, y ahí sí manda la aritmética. El amor, no. El amor siempre alcanza.

Este ensayo empezó con una palabra devaluada. De tanto nombrarlo todo, amor ya no nombraba nada. Si casi todo es amor, nada lo es. Todo el camino fue una sola operación: retirarle el nombre a lo que no lo merecía —al hambre, al incendio, a la mitad que completa, al premio de la vitrina—, no para achicar la palabra, sino para devolverle su tamaño y el lugar que le corresponden. Lo que queda después de la poda es lo único que siempre fue. Una base que no exige, una entrega que no cobra, una mano que se sabe un regalo. Eso merece llamarse amor. Eso, y nada más. Y una palabra que vuelve a significar una sola cosa recupera un poder que había perdido. Decírsela a alguien tiene otro valor. Y amar vuelve a ser un acto extraordinario.

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